Viejos y nuevos optimistas

Cuenta Joseph Stiglitz, quien ha venido asistiendo al Foro Económico de Davos desde 1995, que este año pudo constatar un notable optimismo por parte de los altos ejecutivos que dominan el Foro: va a haber crecimiento económico, aumentarán los beneficios empresariales e, independientemente, crecerán los emolumentos que reciben por su trabajo. Digo “independientemente” porque lo que estos ejecutivos cobran suele tener poco que ver con el funcionamiento de las empresas de las que se supone son responsables en un sistema de “Estado de Bienestar para Ricos” como algunos lo han llamado. O en un sistema en el que proliferan los casos de “cleptocracia”, gobierno de los ladrones capaces de esquilmar una empresa mientras esta se hunde o la están hundiendo esos ladrones. No hace falta citar casos recientes y suficientemente cercanos.
Es el optimismo de “cada uno habla de la feria según le ha ido en ella”. Es normal y comprensible. Nadie comparte la omnisciencia divina y todos, por necesidad, sufrimos de lagunas en nuestro conocimiento de la realidad. De entrada, nadie es capaz de hacer un mapa a escala 1:1 para orientarse en el mundo. Los magníficos mapamundis son útiles, sí, pero son una más que evidente simplificación y más si deforman, por exigencias del guion, el tamaño real de los continentes. Quiero decir que se comprende que ese optimismo que recoge Stiglitz tenga que ver con “el color del cristal con que se mira” el mundo, color que no coincide necesariamente con los que están sufriendo una terrible hambruna en el Yemen o los que no saben cómo sobrevivir a la violencia directa en los campos de batalla de Oriente Medio. O ante un eventual “crash”.
Nos pasa a todos y es igualmente razonable pensar que, para la vida cotidiana, tiene poco sentido pasarse el día remugando las cosas negativas cuando, incluso por salud física y no digamos psíquica, mejor haríamos mirando el lado positivo de la vida sin por ellos olvidar que no pasa de ser un sarcasmo cantar, en medio de una tragedia, el “always look on the bright side of life” de los crucificados en la película “La vida de Brian”. El nobel de economía no va por ahí: simplemente se contenta con levantar acta de los problemas que estos optimistas han pasado por alto. Y la lista no es irrelevante ni se reduce a la consabida cantinela pesimista, del tipo Murphy, según la cual, “si las cosas pueden empeorar, empeorarán necesariamente”. No es una predicción lo que cuenta, sino la constatación de los problemas actuales, no solo inmediatos, que afectan al mundo.
Aquí entran los “nuevos optimistas” del tipo Steven Pinker o Johan Norberg. Para estos, sin llegar al “vivimos en el mejor de los mundos posibles” que afirmaba el roussoniano doctor Pangloss, sí dicen que vivimos en el mejor de los mundos conocidos hasta ahora. La lista de logros es igualmente relevante desde la reducción de la pobreza al uso de lavadoras y, como ya comenté aquí en su día, a la reducción de la violencia de la que, en todo caso, hay que reconocer, dicen, que tiene una difusión mucho menor de la que los medios de comunicación nos podrían hacer pensar. Curioso el argumento contra los pesimistas que tiene, como núcleo duro, el que estos son incapaces de ofrecer soluciones a sus diagnósticos al que los pesimistas pueden contestar que la ventaja de estos optimistas es que no ven problemas a los que haya que dar solución.
Ahí reside el riesgo de oponer optimistas y pesimistas: que, en la contienda, pueden olvidar que sí que hay problemas, hayan estos aumentado o disminuido en el mundo actual y aunque sean locales. Cierto que este aumento o disminución dará la razón, respectivamente, a los pesimistas y a los optimistas que podrán afirmar que, si las cosas tienen esa tendencia, qué menos que pensar que dicha tendencia (al alza o a la baja) se mantendrá. Porque, de nuevo, ese planteamiento evitará la espinosa cuestión de los problemas que, en aumento o en disminución, existen y son solucionables. Desde el punto de vista de estos “nuevos optimistas” esos problemas son secundarios ya que la tendencia es a que acaben desapareciendo, así que mejor no hacer nada ya que igual sería una manera de impedir que las cosas mejorasen. Son, generalmente, contrarios a la intervención, cosa que los pesimistas proponen con entusiasmo: para evitar que las cosas empeoren por su propia dinámica, nada mejor que intervenir para cortar dicha tendencia. En todo caso, los problemas existen.
(Publicado hoy en el diario Información –Alicante-)