Más Cataluña

Estos dos textos, distintos y distantes, se pueden tomar, entre otros muchos, porque no hay una sola versión de los acontecimientos. Ambos intentan ser ecuánimes, pegados a los datos y sin insultar, cosa que se agradece. Leerlos uno detrás del otro es un sano ejercicio mental, sobre todo si se hace una lista de lo que uno dice y el otro calla y viceversa. No voy a entrar en la lista. Me quedo en algo más impresionista.
Uno, desde fuera de España y en inglés, parece dirigido, sobre todo, a lectores de fuera de España. De alguna manera, quiere compensar la versión del asunto, según él dominante en los medios europeos, de una lucha titánica entre David (el pueblo catalán) y Goliat (el gobierno de Madrid, o, en algún caso, España). Énfasis en la contradicción entre defender los derechos de los independentistas catalanes frente a los dictados del gobierno central (o, en corto, de Madrid) y defender los derechos de los unionistas catalanes frente a los dictados del grupo mayoritario (en escaños, no en votos) en el Parlamento catalán.
El otro, desde dentro de Cataluña, parece dirigido a lectores de dentro de España y, por tanto -no es lo que piensan sus autores- a lectores catalanes. Casi parece dirigido a estos últimos, pero no tengo modo de contrastarlo, aunque no está escrito en catalán. La lucha titánica también aparece casi en los mismos términos que el anterior autor constata en los medios europeos. La contradicción entre diferentes defensores de derechos no está tan clara. Pero sí muestra con claridad los agujeros en la política del gobierno de Madrid, en particular en lo que respecta al denostado artículo 155.
¿Qué es lo que me haría falta? Vaya mi elucubración.
Las reivindicaciones identitarias, no siempre traducidas en propuestas independentistas, no son nuevas allí. Lo que se podría llamar nacionalismo cultural (un “dolça Cataluña, pàtria del meu cor“, canción de emigrante, por cierto) ha ido alternándose con episodios de nacionalismo político (un “La Santa Espina” y, más claramente, el himno nacional “Els segadors“). La oscilación entre el predominio de uno u otro parece que ha tenido, hasta hace poco, una relación sospechable con los ciclos económicos largos de modo que cuando la economía iba bien, la burguesía catalana optaba por le nacionalismo político, mientras que cuando llegaban las vacas flacas, esa misma burguesía prefería el paraguas del gobierno central (el “Estado de Bienestar para Ricos”) y se hacía unionista, quedándose en lo cultural. El franquismo trastocó esas relaciones y la última crisis mundial la ha dejado fuera de la observación. En teoría, la burguesía catalana tendría que estar ahora en lo cultural y no en lo político. Vale que “el gobierno (no) es el consejo de administración de los negocios de los burgueses”, frase excesivamente simplista como para usarla como axioma en cualquiera de sus dos posibilidades sí o no. El hecho es que hay apoyo burgués y huida burguesa.
Puede que, entonces, la burguesía que creó sus frankensteins (ANC, Omnium) vea que se le ha ido de las manos, que hay una más que evidente autonomía de la política y que partidos “burgueses” y “anti-sistema” comparten los principios del nacionalismo político y luchan por la independencia. Frente a ellos, partidos “burgueses” y partidos “anti-¿qué?” (anti-sistema, anti-capitalista, no sé) comparten los principios del nacionalismo cultural (unos más que otros, con independencia de que estén más o menos a la derecha o izquierda).
Ya he dicho muchas veces que, de ser catalán, yo estaría por un referéndum legal (bastaría un retoque a la Constitución), pero votaría denodadamente contra la independencia ya que la considero un suicidio colectivo en las actuales circunstancias, digan o hayan dicho lo que dijeron egregios economistas del grupo Wilson. Contra facta non sunt argumenta. Pero ¿qué es lo que sucede? Pues una mezcla de dos procesos bien conocidos en psicología social y en sociología desde hace muchos años. 
Por un lado, el “groupthink“, la paulatina creación de un pensamiento colectivo que se legitima, contra facta, precisamente porque se tiene en grupo. Sucede en las mejores familias y hay estudios de tal proceso en consejos de ministros estadounidenses que acaban negando la realidad mientras se sumergen en ideas válidas simplemente porque son compartidas. Recuérdense los experimentos de Ash sobre el sometimiento al grupo.
Por otro, la dinámica de los grupos de referencia, es decir, los grupos que se convierten en fuente de ideas y legitimación para el individuo, y más si este llega desde una situación “anómica”, de aislamiento y desorientación. Pero esos grupos no son solo los de pertenencia (en los que el “groupthink” campa por sus respetos). También los hay de pertenencia deseada que hacen que el individuo intente interiorizar las posiciones del grupo al que, por lo que sea -movilidad social incluida- , desea pertenecer y los va copiando e incluso exagera en su comportamiento los rasgos del grupo al que quiere pertenecer (en el caso vasco hubo algún estudio que mostraba que algunos maketos -no vascos- utilizaban la calle borroka, terrorismo de baja intensidad, para ser aceptado por los vascos). Podrían darse nombres de charnegos -no catalanes- que exageran su adhesión a los definidos por el “groupthink” como valores catalanes.
Pero hay un grupo más, en esta clasificación, que también explica comportamientos observables: el grupo de ex-pertenencia. En este caso, el comportamiento esperable para el ex-miembro es el de rechazar todo lo que venga del grupo al que perteneció (el ejemplo evidente es el de los ex-seminaristas convertidos en come-curas).
Tentado estoy a escribir, como Marx al final de su crítica al programa de Gotha, dixi et salvavi animam mean. Pero no, no lo hago mío porque, una vez más, hago mías las palabras de Espriu que escuché por primera vez en Barcelona, en el teatro Romea, acompañado de un viejo amigo catalán, independentista, en un espectáculo que se titulaba Ronda de Mort à Sinera.