Tuve un sueño

Soñé que asistía, en extraño local que me sonaba algo, tal vez de cuarenta años atrás, soñé, digo, que unos actores, unidos por su sindicato, desarrollaban papeles que terminaban por enfrentarlos. También me sonaba al teatro organizado por Hamlet (ya se sabe, ese personaje dubitativo que unas veces dice sí y otras no), teatro dentro del teatro.
Los actores compartían muchas cosas. Sin ir más lejos, el salario y, en varios de ellos, el acceso a ingresos adicionales por patrocinios o sobresueldos fraudulentos que se llevaban fuera del país, la mayor parte de las veces de manera ilegal. Por supuesto, compartían el deseo de mantener la obra, fuente de aquellos ingresos principales y, por encima, mantener las representaciones teatrales en general, no fueran a caer en desuso y fueran sustituidas por intercambios, más o menos manipulados, a través de internet.
Pero el papel que, en buena parte, habían elegido ejecutar imponía algún tipo de oposición entre ellos, aunque sin llegar a un esquema Montescos contra Capuletos, pero con esa lógica de que quien no está conmigo está contra mí. En un principio, el papel solo subrayaba los acuerdos que había por debajo de la oposición y, así, eran capaces de colaborar explícita o implícitamente (en este último caso, algunos bordaban el papel) en lo que la obra llamaba la “gobernabilidad” y que, a fin de cuentas, no era más que una forma de mantener la obra y el teatro haciendo pensar que había una sana competencia entre un bando y otro.
Y llegó el desbarajuste. En un alarde de improvisación (el libreto no era muy estricto y permitía todo tipo de morcillas y textos inventados por el actor y que no venían en el libreto), alguno de los actores temió perder el papel y ver reducido su salario, así que exageró los elementos que había en su rol haciendo que la oposición al otro bando se hiciera mucho más patente, por encima de los acuerdos de fondo e incluso poniendo en riesgo estos últimos.
Aun así, ambos bandos ganaban, cada cual en su esfera, al introducir sentimientos, mitos y fantasías. Sucedió entonces que la reacción no se hizo esperar y los del otro bando también endurecieron sus posiciones, cosa que aceleró a los otros, cosa que, a su vez, encrespó a los unos y así sucesivamente. La confrontación se salió del libreto original y, por acción-reacción, se fue enardeciendo, a su vez enfervorizando, casi fanatizando a los espectadores que, ajenos a lo que estaba sucediendo realmente, se asombraban del realismo de lo que estaban viendo en el escenario y terminaban tomando partido por unos u otros.
De este modo, mientras unos, desde el patio de butacas, afirmaban que “Pretendíamos, ¡qué ingenuidad!, substituir los acuerdos y el mercadeo que había hasta entonces por un entendimiento de fondo que  (nos) diera satisfacción (…), pero una vez más fue rechazado”. El otro bando, decían estos, “no parece ni quiere saber nada de reconciliación ni de soberanías compartidas”, sino que se limita a poseer el poder y a negarse a cederlo. Estaban convencidos de que no se trataba de un teatro, sino que ya se sabía quién era el asesino del padre de Hamlet. La ficción teatral se convirtió muy rápidamente en realidad
¿Qué sucedía desde el otro bando? Pues que, de repente, desde el gallinero se siguió cantando un “a por ellos, oe”, pero con una importante novedad y fue que apareció un actor nuevo del que no se conocían trapicheos y manejos fraudulentos del dinero de la compañía y, entonces, una parte de los asistentes dejó de aplaudir a los de antes y se puso a hacerlo hacia los nuevos, aunque sin cambiar de bando.
Para complicarlo todavía más, apareció por el patio de butacas un payaso que tildó de payasos a los que, hasta ese entonces, habían jugado sus papeles como actores oficiales del enredo. Hasta los tildó de rufianes.
El caos parecía total. El sueño se había convertido en pesadilla. Hamlet se había convertido en Ricardo III y, desde las bambalinas, gritaba aquello de “Un caballo, mi reino por un caballo”. Quien más y quien menos, todos querían ser Macbeth, pues todos querían el papel principal, mientras las brujas iban desgranando sus encuestas y no se descartaba algo a lo Rey Lear, en que los locos guían a los ciegos sin tener muy claro si los locos que guían son los actores, el público o los libretistas. Los ciegos podían ser los crédulos. 
Cuando desperté, el procés todavía estaba allí. 
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)