El color de mi cristal

En casos en los que la información es defectuosa, escasa, problemática. farragosa o probablemente manipulada, el ciudadano recurre a su ideología (no a los datos) para emitir una opinión. Un buen ejemplo es la respuesta de los encuestados estadounidenses sobre la posible “relación” entre “Rusia” y “Trump” en tiempos de la campaña electoral de 2016:
Es un abismo lo que separa las opiniones de republicanos o con tendencia en esa dirección por un lado y, por otro, los que se declaran demócratas y sus simpatizantes. No me ocupo ahora en saber si los hubo efectivamente o no. Lo que me fascina es la diferencia entre ver los datos, falsos datos y mentiras desde una perspectiva política o desde otra. 
En este mundo traidor
nada es verdad ni es mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira
Es, sin duda, una exageración ese “nada”. Claro que hay cosas que son verdaderas y cosas que son falsas o engaños. Pero no es una exageración reconocer que el cristal con que se mira la realidad influye notablemente en la percepción de la realidad. De todos modos, también ahí hay que darle una importancia relativa al papel del cristal ideológico. La prueba son los 27 por ciento de republicanos que creen que sí hubo “contactos” y el 11 por ciento de demócratas que creen lo contrario.
(También se puede pensar que unos están mejor informados que otros y, por tanto, aciertan en su opinión. Pero ¿cuáles los que aciertan? No necesariamente los mayoritarios. Hay que repetirlo: la regla de la mayoría es para tomar decisiones -más o menos democráticas según queden las minorías-, pero no es un medio para encontrar la verdad. Las mayorías, como en tiempos de Galileo, pueden estar equivocadas).