Democracias iliberales

Recibo con preocupante frecuencia whatsapps subrayando la mala calidad de la democracia realmente existente. Suelen ser textos cortos que acompañan a imágenes muy expresivas. También encuentro textos que tratan de lo mismo con más amplitudy a estos he dado eco varias veces. La epidemia parece muy difundida, incluyendo a USA. Hasta Dani Rodrik se ha detenido en ver qué significa. Vale la pena dedicarle algunas reflexiones.
La primera duda es sobre lo apropiado de tal diagnóstico. Siempre es posible que de lo que se trate sea de una campaña internacional para que la democracia de supuesta mala calidad dé paso a oligocracias de alto voltaje. Gobierno de unos pocos, organizados en Foros de Davos, Trilaterales y Bilderberg variados. Suena a teoría conspiranoide, pero no por ello tiene que ser descartada: la etiqueta con que se desdeña un asunto (progre, facha, buenista y similares) no tiene porqué ser un argumento contra su contenido. Al fin y al cabo, conspiraciones haberlas, haylas. Pero, como “nadie es perfecto”, siempre se puede suponer que estamos ante “el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás”, que diría el otro, y que, siendo realistas, la mala calidad es solo una cara de la moneda que oculta que sus alternativas serían peores.
Supongamos que se trata de algo real (por más que pueda ser utilizado para fines ajenos a la mejora de la democracia, por ejemplo, para lograr el poder). La pregunta es, si es algo nuevo, a qué puede deberse.
Y, sí, la segunda duda es sobre su novedad y es posible remontarse a otras épocas en las que “la política” (es decir, la democracia) y “los partidos” (es decir, la democracia) eran tachados como algo negativo que tenía que dar paso a un sistema de partido único o de no-partido que no haría “política”, sino que respondería al bien común desde lo alto. Dicen que el dictador Franco decía a sus ministros que hicieran como él: “trabajar mucho y no meterse en política”. Antesala de un pensamiento que llevó a varias guerras, algunas llamadas “mundiales” aunque no lo fueran.
Supongamos que una mirada al pasado no explica mucho, aunque no sea más que porque la Historia no es que no se repita: es que no puede repetirse, dadas las circunstancias económicas, sociales, tecnológicas o culturales que han cambiado drásticamente el panorama.
Bueno, pues ¿qué puede haber producido este “desencanto” con la democracia? La respuesta tiene, necesariamente, que abordar dos campos diferentes, aunque, obviamente, interrelacionados: los “desencantantes” y los “desencantados”.
Vayamos, primero a estos últimos. Los desencantados viven un contexto en el que los sentimientos priman sobre los razonamientos (ambos están siempre presentes en nuestras acciones, pero la cuestión es saber si manda el corazón o el cerebro). Esos sentimientos son un refugio frente al exceso de información, exceso, además, desordenado y caótico. Son un efecto de la facilidad con que se intercambian insultos y descalificaciones por encima del análisis concreto de situaciones concretas. Para completarlo, una más que evidente fragmentación de las sociedades mediante criterios muy diferentes, algunos de los cuales tienen que ver con las desigualdades sociales (sexo, edad, clase, “raza”, “nación” etc.) que hacen todavía más injusto el reparto de la tarta mientras otros se refieren a posibles causas juzgadas como provocadoras de catástrofes inminentes y que llevan a reacciones como el ecologismo, el especismo, el animalismo y semejantes.
Los “desencantantes” intentan responder a esas demandas tan divergentes (defender a las mujeres sin añadir perspectiva de clase, o a los ancianos sin perspectiva de género, o a “mi” nación sin contar con sus vulnerables, por poner ejemplos) y, o hacen propuestas disparatadas o se convierten en monotemáticos sin respuesta para los demás problemas. Como ha dicho alguna política en activo, “gobernar en muy duro”. A lo que Andreotti contestaría: “más duro es no gobernar”. Pero el resultado es una política que echa mano de la manipulación y el simplismo (un único enemigo a batir es más rentable que reconocer que la cosa está complicada). En más de un caso hace que el Partido se sienta el representante en la Tierra de la Verdad Absoluta, cosa que le legitimaría para hacer lo que le dé la gana, corrupción incluida. Sin llegar a tanto, los “desencantantes” es que no pueden hacer otra cosa: están atrapados… por los “desencantados” a los que intentarán “encantar” como sea. ¿Inútilmente? No siempre.
Porque junto a estas dos especies de ciudadanos, hay, por suerte, políticos no-desencantantes y electores no-desencantados. Quién acabe ganando es lo que está por ver.
(Publicado hoy en el diario Información –Alicante-)
(Consecuencia: entre las cuatro formas de reducir el impacto de los populismos, que a eso se refiere lo de “democracia iliberal”, esta es la primera que se propone: “Political parties (established and emerging) should seek to propose inclusive visions and programs that deliver benefits for all citizens, not only for a part of the voters”.
La definición que da Rodrik de lo que es la democracia iliberal es: a kind of authoritarian politics featuring popular elections but little respect for the rule of law or the rights of minorities. Me suena, en España, a lo que hace el gobierno del Partido Popular respecto a Cataluña y a lo que hacen los independentistas en ésta respecto a los unionistas). 
(Añadido el 8: Incompleto, pero sugestivo este mapa del Pew Research Center

O este gráfico
Nations with higher shares of politically unaffiliated people show stronger opposition to representative democracy
(Añadido el 9: echar toda la culpa a electorados irracionales es fomentar la idea de que hay que quitarles todavía más poder. Argumentado en sentido contrario aquí)